El impacto emocional de mi procés

Una de las mayores dificultades con las que me he topado en estos últimos meses es separar a mi yo profesional de mi yo personal. En una crisis como la catalana esto no es un problema si se es ingeniero, pero para economistas, abogados y politólogos, la tarea se complica, puesto que mezclas las capacidades analíticas relevantes en tu profesión con tus sentimientos. De esa manera, Sala-i-Martin y yo llegamos a conclusiones radicalmente distintas del mismo fenómeno, claramente influenciados ambos por nuestras respectivas emociones.

En este post no pretendo hablar como politólogo, sino como ser que siente emociones a consecuencia de su exposición a estímulos externos. Quiero dejarlo claro desde el comienzo: este post no es sino la narración de ciertas sensaciones que he experimentado en los últimos meses. No me declaro en posesión de la verdad absoluta, pero sí que puedo garantizar que esto que narro aquí constituye mi verdad. 

Cuando me marché de España en 2011, Cataluña era un lugar radicalmente distinto del que es a día de hoy. En estos años mis visitas han sido a intervalos de unos meses, suficientemente cortos para no notar cambios bruscos, pero suficientemente largos para notar los cambios sociales que hemos tenido en estos años. Sin embargo, entre San Juan y Navidad pasé un total de catorce días en Cataluña, repartidos entre junio, finales de agosto y principios de octubre.

Esto hace que haya vivido gran parte de la degeneración social catalana de septiembre para acá en Bélgica, con una exposición directa existente pero limitada, que ha hecho que recurra a redes sociales para intentar seguir la actualidad en casa. En otras palabras, me he pasado la mejor parte de octubre a enero en Twitter. Esto me ha hecho especialmente sensible al mayor monstruo de la actual crisis: la caverna tuitera.

Siempre he sido una persona muy política y desde que tengo uso de razón me he identificado con el unionismo, así que era obvio que esto me iba a afectar; de hecho, ya en 2012 predije que se iba a liar y llamaba al diálogo y a la conciliación. En la jornada de reflexión del 27S hice una llamada al sentido común mientras nos adentrábamos en el espiral de odio que nos ha traído hasta aquí.

Sin embargo, si lo analizo a toro pasado, mi percepción de la fractura social actual (obviamente real) se ha visto amplificada por vivirla de primera mano en Twitter. Estos meses no me he contentado con asistir a ver como un bando y otro se enzarzaban en disputas, he participado activamente en ellas. Cuando entré en Twitter por primera vez, me marqué la norma de jamás insultar a nadie. Todo lo que no fuese caer en el ad hominem, sin embargo, ha sido fair game.

Los enfrentamientos dialécticos sucesivos han ido afianzando mi posición unionista: he dejado de efectuar concesiones como escribir Catalunya y Girona en vez de Cataluña y Gerona, me he atrevido a decir públicamente que no creo que el hecho diferencial catalán le de a Cataluña el estatus de nación (o, por lo menos, no se lo da si excluímos a Valencia, Baleares, Franja, Andorra y Rosellón de la ecuación) y, aunque sé que no va a ocurrir mientras viva, he argumentado por la racionalización del Estado y la recentralización de competencias en sanidad (por motivos presupuestarios) y educación (por construir una nación española que tampoco existe).

Posición lejana de la que tenía hace dos años, cuando decía que me daría igual votar por un independentista si acababa con esta locura. Este proceso en mi caso se culminó el día de Reyes de este año: estaba en casa, febroso y aburrido, y decidí meterme en Twitter para pasar el rato. Me enzarzé en una diatriba como otras tantas y escribí un tuit en el que conminaba a varios independentistas con los que estaba hablando a tener en cuenta todo lo que la UE y el Consejo de Europa han hecho por nuestro maltrecho continente en las últimas décadas, bastante en la línea de este post que escribí hace poco.

Mi elección de palabras fue desafortunada, la susodicha caverna interpretó que estaba defendiendo aplicar la pena de muerte a líderes independentistas, y se desataron todos los infiernos. Con notificaciones filtradas, tardé más de 24h en enterarme de que gran parte del odio que recibí en esos días fue causado por este retuit de Gabriel Rufián:


Esto coincidió en el tiempo con mi vuelta a Brujas, y fue ahí donde me propuse distanciarme de toda esta historia. La misma caverna me recriminó decir que odiaba a los líderes independentistas que han llevado a Cataluña adonde está. Para mi no sorpresa, las recriminaciones fueron acompañadas de muestras de odio hacia mí. Me pareció bastante hipócrita: no creo que sea fascista reconocer que, a día de hoy y en estas circunstancias, te es imposible sentir empatía alguna por quien lleva meses alienándote a ti y a los tuyos de cualquier tipo de discurso público. Para una muestra de lo que quiero decir, podéis mirar las respuestas a este tuit mío, también del día de Reyes. 


No es ningún secreto que he dejado de identificarme como catalán. En mi caso, esto es una consecuencia bien lógica que emana de dos hechos diferenciados pero que van de la mano: el primero, que la Cataluña que yo conozco (pre-2011), o no existe o soy incapaz de encontrarla entre mis círculos barceloneses; y el segundo, que ya en 2011 no tenía mucha intención de volver a Barcelona - después de estos meses, esa intención se ha reducido a cero.

También es la respuesta a una incoherencia que había aparecido en mi vida: si el colectivo social catalán ya no existe, y detesto (como colectivo) a aquellos que apoyan a quienes han tenido a bien ignorar al 52,5% de votantes, pero no me da la gana de dividirnos en bandos ni estoy dispuesto a luchar por algo en lo que ya no creo (Cataluña), ¿qué sentido tiene mantener un ligamen emocional que simplemente me causa daño sin aportarme ningún bien (sense of belonging)?

Entiendo la lógica de la aparición de Tabarnia como respuesta a esta falta de identidad que muchos catalanes unionistas sienten pero, en mi caso personal, puestos a sentirnos cosas que no existen, prefiero sentirme europeo. Me niego a darle alas a Tabarnia, puesto que mi particular cruzada personal es contra todo tipo de nacionalismos, no solo el catalán, y me da miedo que lo que por ahora es cachondeo acabe en un nacionalismo español o unionista. Todos los catalanes son catalanes, y no escucharé a nadie que me diga que una mitad es mejor que la otra. Que yo no me identifique como catalán es un asunto personal mío, que no guarda relación con haber sido calificado hasta la saciedad de traidor, colono, charnego, anticatalán. La decisión es mía, razonada y consciente.

Dicho esto, constato que por normal general el unionismo ha preservado algo más de espíritu crítico y de autocrítica que el independentismo. Hay maravillosas excepciones a esta regla, especialmente en mis círculos sociales expatriados, pero debo reconocer, con tristeza, que en mis círculos barceloneses esta realidad no es así. Esto me llevó a una difícil disyuntiva: ¿intentar mantener la compostura y asumir el coste emocional, o retirar de mi vida a aquellos cuyas aportaciones a mi vida solo me repercutían toxicidad?

Tras un largo debate interno en el que consideré, sobretodo, las consecuencias para mis padres y otros seres cercanos que siguen en Barcelona, decidí optar por la segunda. Esto me ha ganado la percepción de ser distante, frío, calculador, maleducado, y estoy seguro que, en determinados casos, hasta de hijodeputa. Al fin y al cabo, he sido yo el que ha cortado lazos con algunos familiares lejanos por culpa de todo esto. El problema, a mis ojos, radica en recibir ataques ad hominem por ser, y no por hacer o decir. Que esos ataques vengan de dentro de tu familia (gente con quien, por definición, compartes el ser) me sigue haciendo pensar. Sigo sin entenderlo.

Decía esto Patricia Castro hace unos días:


Yo debo confesar que sí, que lo he dejado. He tirado la toalla de forma definitiva. El mundo no empieza y acaba en Twitter, obviamente, y es peligroso confudir las redes sociales por la realidad general. Sin embargo, es cierto que las redes sociales forman cada vez más parte de nuestra realidad, quizá alterándola, y el haber pasado tres semanas en Barcelona por Navidades me ha permitido vivir, esta vez, sí, en carnes propias, las consecuencias del clivage social que venimos experimentando desde principios de otoño.

Mi desengaño y frustración son, pues, totales. La solución política llegará tarde o temprano: la Justicia seguirá su curso, el ejecutivo debilitado indultará a quien tenga que indultar, y posiblemente la unilateralidad pierda fuelle en el bando independentista. Las manifestaciones son cada vez menores, el impacto económico para PYMES se está empezando a sentir de verdad, y en algún momento los dos bandos se darán cuenta de que la única solución es encontrarse a mitad de camino. Que nadie esté totalmente satisfecho para que nadie esté totalmente insatisfecho, como ya predije en 2012.

La solución social, sin embargo, tardará mucho más en llegar, si es que llega: ¿cuántos catalanes no volverán a mirar igual a otros catalanes, hasta este momento muy importantes en su vida, por culpa de sus ideas y declaraciones? No conozco la respuesta, aunque me atrevo a situarla en el rango de millones. Y de esos, muchos quieren seguir viviendo en Cataluña, o no tienen más remedio, pero yo no quiero y sí que tengo elección, así que he preferido pasar página: en Twitter, y fuera de él. 

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